Me pone enferma tanta sinceridad ♪

No pude definir esa molestia en el pecho hasta que alguien más me hizo notar que esta mañana andaba ‘apagada’, entonces fue que me encontré con la angustia otra vez. Es bastante fuerte darme cuanta que la tristeza ya se me presenta como un estado extraño, es decir estoy desacostumbrándome al dolor. Pero entonces tuve miedo de recocerla de nuevo. Empero, el otro día me colgué leyendo unos textos viejos, de mi blog anterior, y sentí sorpresivamente una conexión muy intima con esa Natalia del ayer... cabe destacar este detalle gravemente negativo, porque reconocerse en la memorias del pasado implica un estancamiento o un retroceso (en el caso de haber avanzado), indica que no hubo progreso durante el período de tiempo que nos dista del momento en que, en este caso, lo escribí. Es decir que sigo igual, o al menos sigo entendiendo lo que fui. En el caso de tener un pasado pulcro, todo perfecto, pero tratándose del mío, esto es motivo suficiente para replantearme para que dirección seguí caminando... y por lógica sospecho que anduve dando vueltas.

Volviendo a esta mañana, basto que alguien más destacara la palidez de mi alma, para volver físico ese dolor inconciente. Me dolió el pecho todo el mediodía, estuve hora y cuarto sentada en el bondi releyendo una y cien veces la misma página y con suerte creo que llegue a subrayar el titulo, los párrafos no tenían concordancia y las letras estaban encismadas. Claramente había tirado mi cabeza por la ventana, sin embargo (y disculpen este desliz de orgullo) mi control mental es excelente y evadí absolutamente todo pensamiento no deseado.
Así fue como entonces me dispuse a sobrellevar el día más triste de abril. Subte, tráfico, gentío y yo insertada en el sistema. Y entonces pasa eso, eso que estabas necesitando, ese respiro que te devuelve el aire en un día de asfixia, eso que te toma por sorpresa y te empapa de alegría. Y que se yo porqué, pero un abrazo en medio de Santa Fe me cambió el día. Y que se yo quien era, o qué buscaba, ese alguien que pedía vino con el seudónimo de ‘extraño’ a robarme con un abrazo la angustia y su sabor amargo.
Esas cosas mínimas, desconcertantes y sin explicación aparente suceden. Al parecer alguien no quería verme llorar el trece de abril de este dos mil diez.