Segundo round perdido contra la ciclotimia, me ganó la histeria y ahora ando escapándole al fastidio.
No quiero lo que realmente necesito.
Soy una maldita caprichosa, que se mueve por instinto, se desvive por asesinar sus antojos e inmediatamente que consigue uno ya está fijando la vista en el siguiente. No me alcanza nada, nada me contenta, todo lo que pasa por mis manos tiene un valor etéreo, y mi interés se evapora con fugacidad. Vengo errante hace meses largos, tropezándome a propósito con las mismas piedras, arrastrando los mismo errores y sumándole peso a la carga que ya vence la ética de mi conciencia.
Haciendo las cosas mal, evadiendo o rechazando las oportunidades que podrían darme la felicidad, es de la única manera que logro darme un motivo concreto (aunque estúpido) para sentirme mal. Lo que hago no tiene lógica desde ningún punto y ya ni me esfuerzo porque alguien lo entienda. ¿Por qué hago, hice y sigo haciendo? Para que contestar, la idea de que estoy completamente esquizofrénica los contenta más, así que ya está, suponte que un día sombrío y frío me habré levantado triste por un mal sueño y a partir de ahí decidí cumplir religiosamente el rito diario de llorar, aislarme y hacer nudos con mi laringe para dificultarme la tarea de respirar. Así de sencillo es como lo quieren creer.
Escribo esto porque me di cuenta que todo lo que pienso es infundado, que no tengo con qué justificar cada lagrima y no se me ocurre de que manera defenderme cuando el día a día me va volviendo más indiferente y egoísta. No tengo hechos para respaldar mi comportamiento, no existe pretexto para excusar los frecuentes errores.
Es dolor, no se de donde viene, ni cuanto tiempo se queda, pero está y es bastante intenso. Y tampoco sabría decirte porqué, porque viene, porque a veces se va pero a las horas vuelve, porque no deja explicaciones de sus repentinas idas y venidas. Sin embargo aunque no hay respuestas detrás del ‘porque’, convivo con él, porque vivir mejor implicaría correr más riesgos.
Definitivamente prefiero vivir vacía, antes que esforzarme por llenarme el alma y enfrentarme quizás a la idea de lo que significaría volver a vaciarme de nuevo.

Una sola palabra: Miedo. Miedo a ser feliz.