Fantasmas

En algún lado tengo que descargarlo, me da vergüenza no sólo estar acá escribiéndolo, sino llevarlo conmigo, en mi alma y mi cabeza todo el tiempo. ¿Hasta que punto puede llegar a picar una obsesión? ¿Hasta que punto puede corroerme la razón y desvariar mi concentración?

Siempre consideré tener un dominio mental bastante satisfactorio. Desechar pensamientos inútiles y profundizar los que me atañen, conservar los buenos recuerdos y borrar absolutamente los turbios, pero de una manera extraordinaria hasta llegar a convencerme de que nada paso, y simplemente dejarlo a un lado, pasar caminando como quien miraría con asombro la vida de un extraño. Sin embargo, cuando algo toma el titulo de capricho, se asienta en mi cabeza y empieza a dar vueltas, y vueltas, hasta marearme y lograr hacer que pierda el equilibrio.

Así estoy ahora, completamente avergonzada de aceptar que alguien que ni siquiera es palpable me esté volviendo loca. Y no hablo de una locura pasional, excitante, no, hablo de una locura insana, de una especie de fanatismo platónico basado en características superfluas, incluso inexistentes. Hablo de atracción hacia algo que no es real, una imagen creada por mis deseos de encontrar a alguien que finalmente valga la pena.

La soledad me desintegra, y para combatirla mi inteligencia inconsciente tramo a mis espaldas el plan perfecto: tomar a alguien que esté lo suficientemente lejos como para asegurarse de que nunca llegue a conseguirlo, pero alimentándome con mínimas esperanzas de un posible encuentro futuro, para que el concepto ‘inalcanzable’ no asesinara mi interés. Y los medios de comunicación, tan desarrollados y rudimentarios a la vez, cumplieron la tarea exacta de dejarme conocerlo mucho menos que a medias, para permitirme rellenar a mi gusto y con ayuda de mi imaginación, todos sus secretos que todavía no me fueron revelados. Estoy desvelada por alguien que es un octavo real y siete octavos creado por mi cabeza. Soy conciente, es una fantasía, pero sin embargo sabe como envolverme.
¿Y que hice? Claro, la falta de control de mis emociones me escandaliza, por lo que decidí alejarme, desaparecerlo, aunque vuelva como una sombra de farsa hasta en mis sueños.

Culpo a la soledad y a la cantidad cuantiosa de tiempo libre de tener pensamientos tan pelotudos. Nos separa el Atlántico, y diez mil muros que construí entre nuestras almas como lo hago con cada persona que conozco y que temo que pueda llegar a tocar profundo. Quizás sea el poco interés que él tiene hacia mí (si es que existe algún tipo de interés) lo que más me atrae, no sé, pero ese algo que siempre busco, está, y cruzo los dedos porque no sea una invención más de mi cabeza, o cruzo los dedos porque desaparezca antes que compruebe que no era cierto.
Si tiene que morir, que muera ahora, así voy a rescatar por siempre el recuerdo y el anhelo de lo que hubiese podido ser, pero si el destino lo deja ser, y termino desilusionándome... ahí ya no hay arreglos, ahí se arrancan las páginas obligatoriamente y se empieza de nuevo. ¿Y sabes? No quisiera borrar tu nombre jamás.

¡¡¿Por que me importas tanto?!! Me muerdo los dedos, me odio y me reprimo, pero sin embargo, y aunque entre otros brazos... a mi manera te sigo esperando.



Cigarrillos y café: los preparativos para mi muerte.






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Smoking the night away

Sabado a la noche, la única noche en la semana en la que me siento a gusto respirando.
Sin embargo la lluvia consecutiva de los últimos seis fines de semana logró arruinarme junto con las espectativas de mi madrugada.
Me quedé dormida, llorando sin lágrimas, con una sonrisa de plástico, fría, brillante y tan petrificada como falsa. Mentí pidiendo un descanso, al menos tres horas para disfrutar completamente sola, y con fácilidad aceptaron. Ahora la casa está abrumada por el vacío y sin embargo hay más bullicio que nunca, son las voces de mi mente que se dispersan y se hacen claras cuando perciben que no hay nadie más que yo presente.
Un café helado, necesariamente cargado con ron en un ciencuenta por ciento, porque descubrí que el alcohol es una maravillosa manera de bajar la soledad. Hay cientas de colillas muertas alrededor, y mi cabeza está llena de humo, de grietas y de perverción.
Bridget Jones amando a Mark Darcy en el televisor, al parecer no soy la única estúpida que llora por amor. El chocolate helado se derritió, apagué todas las luces a excepción de la que viene de adentro del refrigerador, tal vez esté tan congelado el ambiente que olvidé cerrarlo sin querer.

La noche perfecta para quien soy ¿o no?

Una vez más estoy al limite y al no tener nada que perder, los miedos desaparecen también.
La semana empieza el domingo, mañana, ya casi hoy. Voy a obligarme a hacer todo aquello que no quiero, no puedo y no me atrevo hacer. Estoy enferma, y lo que hice alguna vez y fallé (creo que todos los sabemos aunque lo neguemos) lo voy a volver a hacer, perdón. Termino lo que empiezo, siempre fue así, la vida es un caprciho, mis amores son un capricho, por eso mis enamoramientos terminan cuando logró acatar el interés del otro. Todo es fugaz para mí, la monotonía es la única locura que no me gusta padecer. No armo esquemas, los detruyo, no ordeno los días los revuelvo hasta que quedan sin fecha, sin horarios, sin meses ni años.
Lo sabías, estoy muy ocupada sufriendo para pedir ayuda, estoy aun mucho más ocupada lastimándome para contestar los llamados, atender la puerta o leer los mensajes. Caí una vez más, y ahora seguro (y sin lugar a peros) termino en el psiquiatra, jaja, ¿y yo soy la que falló? ¿o fuiste vos que no supiste como salvarme, como sacarme adelante?
Soy un desastre como hija, no soy digna siquiera del título de amiga, y soy extremadamente indiferente y obsesiva como amante. Ajá, soy un desastre y tengo ojos y poco orgullo para admitirlo, pero vos tampoco desempeñaste muy bien tu papel de padre/madre. Estamos a mano, me soltaste y yo me fui caminando. Estamos separados, lejos, incomprendidos, y sin embargo nos obligamos a seguirnos amando.

¿qué crees que hago cuando por un instante despegas tus ojos de mi nuca, y aflojas la mano que extrangula mi gargante? ¿que crees que pienso cuando por días te hablo sin palabras?
Voy a divertirme con la soledad que me dejaste, vamos a destruirnos, a reirnos de nosotras mismas y a derrochar la mala fortuna que nos cogio por sorpresa. Y cuando esté tan contenta cómo para dejarme morir, no te interpongas y dejame ser feliz.





Me voy a fumar la noche lejos. Mañana reanudo mi agonía, equivocarme es hacer del dolor una fuente de satisfacción. Quiero destruirme, no te preguntes porqué, jamás vas a entender mi normalidad, estás demasiado loco para mí.

http://www.psicoadan.com/test_tca.htm

NOTA: A partir de una puntuación superor a 31 es recomdable recibir ayuda psicológica.


Tu puntuación: 163.
Más de 31, debe consultar con un especialista porque hay indicios de un posible trastorno de alimentación.






jajaja

No lo puedo sorportar, no quiero entender, pero aunque le escapé ya lo sé. No me amás más. Ni vos, ni vos, ni vos tampoco... ni yo.
Entonces... si el amor se fue, ya no hay nada que me ate.
Soy libre otra vez, libre de irme sin la estaca de la culpa incrustada en mi alma.

Na.die

Desde muy chiquita ya empezaba a entender que el mundo era asombrosamente grande y que en sus recovecos se esconde mucha gente, variada y cada una con un talento diferente. Para mis ojos nuevos que lo ven todo por primera vez, muchas personas maravillosas hacen que al conocerlas yo quede colmada de fascinación.
Así, desde edad temprana fui reduciéndome y reduciéndome hasta llegar a sentirme nada.

Cada madrugada que dando vueltas y mordiendo las sábanas me invadían con sorpresa esas ganas de hacer algo, de encarar un nuevo proyecto… siempre, por más mínimo o sencillo que fuera llevarlo a cabo, me ponía a pensar en esa gente que me maravilla día a día. Y cuando recordaba detalladamente sus capacidades me volvía una inútil, un ser muy pequeño con un baúl sin fondo de sueños pero de manitas demasiado pequeñas como para hacer un trato entre ellos y la realidad. Entonces era así como fallaba antes de dar el primer movimiento con el meñique del pie.

Esta mañana sentí lo mismo. Pasé más de tres horas, que se fueron como llegaron, leyendo blogs y algún que otro libro polvoriento del estante que tengo ahora mismo a mi derecha. Me devoré con gula cientos de párrafos escogidos al azar, pero no estuve interesada en ninguna de las fantásticas historias que en ellos encontraba, yo estaba concernida en escavar un poco más allá del sentido de sus consonantes y vocales, yo analizaba exclusivamente el intelecto que había volcado el autor al decidir darle vida a esa particular creación.

Hace cinco minutos atrás, cuando la pava empezó a chillar y mamá me dijo que si no voy a almorzar, que al menos vaya a dar mi presente a la mesa con la excusa de tomarme un té, yo caí en la cuenta de la cantidad de tiempo que había dejado pasar. Y consiguiente a ello llegué a una única conclusión, muy parecida a la que llego en cada aspecto de mi vida. Mi cabeza me dice con pena pero a modo de insulto, como si tuviera que darme la peor noticia del mundo: “No Na, no podés, realmente escribís muy mal, no es lo tuyo y este no es tu talento… basta compararte con la diversidad... hasta el más reciente aprendiz puede desafiarte en una competencia. Enfocate en abogacía y dejate de pavear, que al menos algo en tu vida pueda dar (positivamente) de que hablar”.

Y sí, ¿qué le puedo retrucar? Tiene razón, yo también vivo en una burbuja, llena de dolor, soledad, vacío y mucho condimento de mi misma. ¿Qué estuve haciendo mientras los demás se forman en talentosos profesionales? Ah sí, quejándome y llorando… y también asesinando las pocas virtudes que alguna vez tuve y que eran las que quizás algún día me hubiesen ayudado a ser Alguien. Ahora adentro mío está todo muerto y es tarde.
Si les digo que tengo diecisiete años, quizá se rían con ganas. ¿Estoy renunciando a todo desde tan temprano? Sí. Y creo que es porque no tengo ganas de revertir el hecho de saber que hoy no soy nada, y me fatiga el sólo pensar en virar las cosas para conseguir ser algo.

¿Autoestima se murió? Creo que cuando me revelaron el fraude de Papa Noel y de los ratoncitos que dominaban el mercado negro de los dientes, se olvidaron de decirme que la autoestima tampoco era de verdad. Si uno sigue creyendo en ella por siempre, entonces no importa, porque mientras creamos ella existirá. Pero cuando abrimos los ojos bien, bien grandes realmente descubrimos que no hay nada por ahí, donde se suponía que iríamos a encontrarla (y no hace falta adivinar que yo tengo los ojos grandes como un par de platos de tamaño colosal).
Ahora sin ella y enfrentando las consecuencias que atrae su ausencia, no puedo emprender nada nuevo porque de antemano sospecho que voy a fallar. Por cada poro de mi cuerpo se expande el temor, el ‘intentar’ implica una posibilidad y cuando me falta la certeza, cuando el futuro está algo borroso porque recién lo estoy escribiendo y no veo con qué me puedo llegar a topar… entonces me cubro con las sábanas aterrorizada, eligiendo la cobardía y lamentándome por la vergüenza de la que no me logro liberar.
La cama se volvió el más acogedor de los estanques. Desde ahí voy a juzgar que bien hacen los demás el trabajo que yo hubiese deseado desempeñar.
El entender que hay millones de personas que me superan en todos los sentidos, aniquiló mi voluntad para esforzarme en ser alguien mejor. Siempre fui extremista o soy dios o soy el diablo, no quiero ser alguien tan poco trascendente como un humano. Aspiro a tanto que sé que jamás podría alcanzarlo, entonces para llegar a medias prefiero ni empezar a caminar.
Ahora me voy a concentrar en lo único para lo que al parecer tengo un talento especial, contar calorías, mentir un poco, sentirme sola y ponerme a llorar.

San Valentín, prefiero reservarme mis opiniones respecto a la celebridad del amor. Si bien confieso que actualmente siento fastidio y un poco de envidia por la ingenua ceguedad de aquellos que creen que saben ver bien, en un tiempo atrás, yo también pertenecí a esa raza de humanos de ojos vidriosos, idioma cursie y comportamiento pueril. Por lo que sería apalear con críticas a mi pasado y a un próximo futuro. El amor es demasiado mañoso y es inminente el volver a caer en sus brazos alguna otra vez.

Pero hoy estoy lejos, y sí bien me rió un poco entre dientes al ver los falsos romances entre chicas y muchachos que lucen una cornamenta con orgullo, también se que hay de esos otros que me provocan dolor de estómago, los que son capaces de unir sus miradas en una sola, creando un espacio alterno y reservado para ellos solos. Los únicos seres que hallaron la fórmula para detener el tiempo y para lograr maquillar de rosa una realidad que apesta a miedo.

Sin recelo, me contento al menos con saber que ya probé de esa mágica experiencia. Aunque si es como tantos dicen: “la mejor que puede darnos la vida”, entonces me replanteo nuevamente si acaso no son muy débiles los pilares que sostienen las razones sólidas por las cuales estamos viviendo.

Las personas llevan el correr de los días con desespero, yo en cambio perdí todo interés y dejé de buscar los grandes tesoros mientras desistí en el intento por desentrañar los misterios universales. Nunca me sentí identificada, mis gustos a ustedes deben saberles amargos, estoy acostumbrada, siempre ubico la punta de la flecha al sur de todas las miradas. Veo diferente, siento diferente, pienso diferente, analizo, leo, camino, lloro y hasta pestañeo diferente. Mi dirección es la que está atrás del cartel ‘wrong way’, ahí duermo, me refugio y sobrevivo. Soy una desgracia infeliz, que al igual que muchos otros vive en un departamentito rentado con la humedad de su sufrimiento, que logro hacer de él una cuevita acogedora donde decide pasar el resto de sus días desde ahora. ¿y por qué? Sólo porque soy desertora.
Demasiado fanatismo y pasión aplicados en causas insuficientes para cambiar al menos algo de todo lo que anda patas arriba. Demasiado, demasiado, que fracaso y termino anulando mis sentidos para evitar ser una receptora más, ahogada en impotencia al ver que todo sigue tan errado y saber que tus manos no alcanzan a tocarlo.
Por estas y algunas razones más estoy excluida por mi propia voluntad.

Después de todo hoy es domingo y sobre el almohadón alguien había dejado una invitación a encerrarme en las estrechas paredes de esta habitación, a pasar un tiempo golpeteando el teclado abajo del ventilador. No es satisfactorio, pero era sentarme a escribir o aceptar una cita casual con el extraño de ojos hermosos. Y hoy es San Valentín, y me hablan de amor y yo los quiero escupir. Tengo pavor a intentar empezar ‘algo’ nuevo... mientras que ya perdí interés por los juegos temporales y no puedo reencontrarle el sabor a los enamoramientos de cartón. Así me escudo en el rechazo y me reservo mi espacio frente al monitor, donde sí me atrevo a fantasear lo que hubiese podido ser, dándole un final inverosímil salpicado de felicidad. Y entre tanto imaginar cada tanto me pregunto si no hubiese sido mejor salir a la calle a intentar hacerlo realidad...



Detesto vivir en las palabras y estancarme en un estado aletargado por el simple hecho de que ya existir me aterra. En otra época estaría revolcándome en el pasto recién cortado de algún parque, o preparándome para una noche de cachaça, limón y granadina, pero el frío vuelve a las personas diferentes, y hoy tengo la piel muy áspera como para percibir una caricia.
Quizá mi silencio pida a gritos compañía, pero tengo todas mis puertas cerradas y lo lamento si de casualidad encontrás mi lumbral y de un modo grosero no te invito a pasar. No quisiera que me conozcas ahora, no así, con los cabellos enredados, los dedos ágiles traduciendo mis latidos lánguidos, la mirada avergonzada y travestida para disimular el dolor que rellena estas pupilas opacas. No quisiera que me descubras perdida y sin el mínimo cariño por mí misma.

Estoy algo diferente de lo que recuerdo del dos mil nueve, algo más fría, más aislada, más insegura y desinteresada. ¿ A caso a alguien le interesaría saber que estoy volviéndome dura y congelada como el mármol? Sólo así puedo confrontar el correr de los años.


Un café cargado y un cigarrillo suave son los amores de valentín este año.

Y nos dieron las diez

Daban las siete, atravesé como un fantasma los pasillos del hotel, afuera terminaban de dispersarse los vestigios de una noche agitada. Frente a mí las olas estallaban celebrando mi llegada, mis pies se acostumbraban a la arena húmeda y yo a esa sensación incrédula de felicidad que se estremecía en mi vientre y se expresaba en mi sonrisa. El paso pausado se fue volviendo trote, la mañana fría se alimentaba de los débiles rayos de un sol amodorrado. No había nadie, nadie que no fuera un simple punto negro a la distancia adornado aun más el escenario perfecto para la portada de una revista de fotografía. Era tan perfecto que me estremecía, pero ahuyenté el temor y sólo me permití florecer la excitación en goce. Mis pensamientos se adueñaron de lo que veían: era yo y una inmensidad eterna, yo y un horizonte que no dejaba de extenderse y me sumergía. De pronto sentí como todo aquello me pertenecía, como podía convencer a mi mente de que esa mañana perdida en febrero yo podía ser dueña del cielo, el agua y del sol que los gobernaba. Hubiese deseado tener a quien regalarlo, pero este obsequio era particularmente mío. Y por un breve instante de inconciencia agradecí al destino haberme rescatado aquella madrugada de enero, agradecí haber sufrido cada día durante todos mis años sólo para encontrarme ahora desnuda, desarraigada y sola, frente a una bola celeste y dorada que inexplicablemente bombeaba alegría.
Irrebatiblemente al cabo de cinco minutos se despertó mi razón y abolió todo pensamiento estúpido sobre darle más valor a la excitación que me provoca la sensualidad del mar sobre el dolor que me provoca constantemente el hecho absurdo de verme obligada a respirar. Es verdad que los momentos felices pesan más... ¿pero cuánto más? Aunque quisiera no me atrevo a equiparar.

Todavía llevo en mis labios el sabor a sal, el recuerdo de mis huellas que se extendían, se alejaban y con la misma facilidad desaparecían, todavía recuerdo los nombres de Sergio, Mauro, Sebastián y Nicolás, las charlas desorbitadas que lograban arrancarle una sonrisa a la lágrima más amarga. Todavía me detengo en mi mente a recordar como se esforzaban por hacerme feliz de forma casual. Los gestos pequeños construyen la dicha de cada día, es cierto.
Miradas desconocidas, extraños intrigados, yo errante y ellos encontrados. Nos entendíamos sólo porque yo fingía usar su mismo idioma.
Ese lugar me pertenecía, me daba placer descifrar la lectura de su soledad, su distinción, irradiando a mansalva melancolía y anhelos en un exquisito juego de tiempos, hallé en el aire tanta magia que sentí que el resto de los pasantes no eran dignos de disfrutar de la belleza cuando siquiera podían percibirla. La derrochaban, mientras yo era la única que sabía cómo beberla... y ya estaba completamente embriagada.
Me alejé de los chicos, de los hombres y de los abuelos. Era un circuito repetitivo, y la meta estaba fijada en volver a mí, disfrutar de la música que toca la ausencia y que compone la soledad.


Definitivamente amo estar sola, aislada y desconectada. Necesito amor, justamente por eso sufro, pero cuando tengo que elegir entre una y otra cosa, siempre termino ahogada en la soledad, amándola a ella y dejándome amar. Confío en su fidelidad, esa que ninguna otra persona me podría inspirar. Soy absolutamente dependiente, y me niego a pertenecerle a alguien más, por eso me alejo, me escudo y me defiendo, para únicamente reservarme sólo para mí el poder de destrozarme. Lo entendí durante estas mañanas desoladas, cuando comprendí que el trote se volvía cada vez más ligero y al rato me encontraba corriendo, escapándole al mismo presente, a mis realidades, a las personas que me aman, a mi hogar, mis proyectos... huía de mi vida entera. Pensando que debía haber algún limite en ese mágico lugar que al cruzarlo me permitiera desaparecerlo y empezar de nuevo, esta vez a mi manera con la experiencia de tantos errores en el hombro y en la conciencia.

Ya no quiero irme de mi misma, no quiero escaparle a mi conciencia, ni a mi mente turbada, ellas son lo que hoy soy, y estoy satisfecha con eso. A veces es necesario alejarse por un tiempo para darse cuanta que lo único que le falta a nuestra vida para que seamos felices es arrugarla y tirarla al tacho, entonces agarramos un block nuevo y escribimos historias de marte y hasta de otros tiempos. Comprendemos así que somos capaces de vivir lo que queremos, no importa lo utópico que al principio nos suene, una vez que cantamos los sueños varias veces, terminamos creyéndolos. Quizás nunca los vivamos, pero lo importante es caminar hacia ellos.


Y sin embargo, mientras en mi cabeza se razonaba todo esto, mientras mi corazón se sentía extremadamente contento, y mis ojos y oídos se deleitaban con el espectáculo más trillado de la naturaleza, en vez de sentir la presión optimista por continuar el trote, mis pies se ablandaron y cedieron ante esa necesidad de desaparecer y dejar un hueco en el universo. Me desplomé en la arena húmeda y deje que la espuma me alcanzara, deseando un poco que me lleve con ella a conversar con la marea.

Daban casi las diez, el sol empezaba a lastimarme cuando decidí que mi día había terminado, o al menos la parte de él en el que valía la pena estar viva. La inercia me llevó hasta el anochecer, con el deseo sediento de felicidad, de que den las siete una vez más.



Febrero sin avisar.

Quisiera tener un nombre que pudiera escribir sobre la humedad de la arena, para rodearlo con el garabato uniforme de un corazón. Quisiera tener una silueta definida, protagonista de inolvidables momentos para que se reprodujeran una y otra vez en mi cabeza cuando el viento esté muy ocupado revolcándose con mis cabellos. Quisiera tener el brillo de un par de ojos que me vengan a la mente al momento de encontrarme con la circunferencia perfecta de una luna orgullosa. Quisiera tener suaves cosquillas que se divirtieran revolviendo mi vientre, imitando la danza de las olas de un mar que nunca duerme. Quisiera perder mi mirada en el horizonte, donde el cielo y el mar se funden en uno, y poder entender en piel esa mágica complejidad.
Quisiera tener a alguien a quien regalarle tanto cielo, tanto anhelo y tanta profundidad.

Tengo una cita con la soledad, ella quiere hacerme el amor a orillas del mar... y lo hará.